lunes, 20 de abril de 2009

La cita

Se miró delante del espejo. Su figura imponente se reflejaba en el cristal mientras se pasaba la mano por el pecho alisándose las vestimentas. Su traje, negro impoluto, le sentaba de maravilla. Su presencia, siempre inmaculada, le había hecho célebre en el barrio. Todos los vecinos le respetaban. Su oratoria, simplemente asombrosa. Años y años de estudio le habían proporcionado una mente privilegiada, clara, capaz de hacer dudar de sus ideas a la persona con la mente más cerrada. Eso le había convertido en una figura muy importante en la comunidad. Cuando alguien tenía un problema acudía a él. Su cálida sonrisa y su cercanía le conferían una apariencia paternal que empujaba a muchos a buscar su consejo cuando tenían algún tipo de problema. Y él se sentía orgulloso de eso. Años y años llevaba enfrascado diariamente en su trabajo, al que se entregaba con ferviente pasión. Sabía que su imágen era vigilada, y que tenía que cuidarla. Organizaba periódicamente actos benéficos para ayudar a los más desfavorecidos, algo muy de elogiaren uno de los barrios más deprimidos de la ciudad donde el paro y la pobreza atacaban con más fuerza. La mayoría de sus vecinos no tenían trabajo ni posibilidad de aumentar su nivel de vida. Él lo sabía, y con el deseo de ayudar se levantaba cada día.

Su vida dedicada a los demás no le hacía descuidar su trabajo. Todo lo hacía en nombre de su empresa. No quería meritos personales, no los necesitaba. Con el respeto de sus vecinos se conformaba. Además, conocía a muchos otros que ocupaban cargos similares a él y que no ayudaban de la forma que él lo hacía, lo que también era palpable para los demás habitantes del barrio. Se sentó en la cama y se puso los mocasines. A pesar de tener varios años, cualquiera hubiera jurado que estaban recien comprados. Su carácter pulcro y su humildad le impulsaban a cuidar mucho de todo aquello que poseía, consciente de que la mayoría de cosas que poseía, insignificantes para la mayoría, eran un auténtico lujo para muchos de sus conciudadanos. No poseía muchas cosas en su casa. La austeridad era su forma de vida preferida. En su vida personal era modélico, aparentemente, a ojos de los que le rodeaban. Su empresa había ocultado algunos de los sucesos de su vida íntima que se podrían haber convertido en auténticos escándalos. Sus jefes sabían que era un activo muy importante dentro de la entidad, y que la imagen de esta además hubiera salido muy dañada de haberse sabido. Él era consciente de ello, y por eso tenía gran respeto por sus superiores. Si esos sucesos hubiesen salido a la luz, su imágen pública hubiera caído por los suelos. Él no lo entendía. Consideraba que hacía bastantes cosas buenas por sus semejantes para que se le pudiera juzgar cruelmente por su vida personal. Pero era consciente de que nada podía hacer por evitarlo. Así era la sociedad en la que le había tocado vivir. Podría ser un ciudadano modélico toda su vida, ayudando en todo lo que podía al bienestar de las personas que tenía alrededor, pero sólo un desliz y sería condenado a la incomprensión. Lo consideraba muy injusto. Pero nada podía hacer para evitarlo, era lo que le había tocado vivir por su forma de vida. Ya con los zapatos atados, se levantó y se ajustó el cuello de la camisa. Estaba listo para su cita. Ya hacía dos semanas desde la última vez que tuvo una, y estaba impaciente de que llegara esa persona con la que hacía bastante tiempo tenía ganas de pasar un tiempo a solas. Lo había intentado varias veces, pero nunca había encontrado la excusa, hasta que por fin encontró un pretexto para crear un encuentro. Alguién llamó a su puerto, y el se volvió con un brillo especial en los ojos que mostraban su alegría.

-Adelante

Su secretaria abrió la puerta. Iba vestida de negro de los pies a la cabeza. No llevaba maquillaje, ni joyas, ni ningún tipo de adorno en su cuerpo.

-Padre. Jesús, el niño que robó la colecta el pasado fin de semana está aquí. Su madre lo acaba de dejar aquí para que usted hable con él como le pidio.

-Hágalo pasar.- Contestó el párroco.- Y usted vayase a descansar. Ya no requeriré sus sevicios el resto del día.

La monja salió y entró un niño de unos nueve años. Con una expresión risueña en su cara, tenía la apariencia del típico gamberrillo. Rubio, peinado hacia un lado y con una pajarita seguramente impuesta por su progenitora para la ocasión, era el típico travieso encantador. Al cura se le dibujó una sonrisa perversa en los labios en cuanto se cerró la puerta de su despacho, mientras observaba con ojos ávidos al pequeño.

-Jesús, jesús... Has sido malo, muy malo... Y voy a tener que castigarte...

jueves, 16 de abril de 2009

La esponja

En el mundo hay diferentes tipos de esponja. Las mejores sin duda son las de baño. Que tacto... Que suavidad... Es un gusto ducharse con ellas, si bien su función no es otra que la de quitarnos la roña del cuerpo. Visto asi, una esponja es una cosa asquerosa. Hay gente que se considera una esponja, aunque puede ser por diversos motivos. Yo voy a dar tres tipos de persona esponja, con sus rasgos más característicos.

Los más comunes son las esponjas que son capaces de acabar con las reservas de alcohol de un bar en sólo un par de horas. Suelen ser personas respetables en su taberna y conocidos como parroquianos. Todo bar tiene el suyo propio, característico por sus mejillas y nariz sonrosadas y su innumerables temas de conversación. Lo mismo te hablan de la crisis, que de la república, que de Marujita y Dinio. Son unos auténticos maestros de la palabra.

Otros son los ratones o ratas de biblioteca. Estos, menos simpáticos, se dedican a coger información de aquí y de allá para parecer que saben de todo. En realidad son unos ignorantes. Como buena esponja, todo lo que absorben, se les va en cuanto han demostrado ante sus semejantes que sabían del tema del que hablaban. A la hora de la verdad son odiados por todos los que les rodean y morirán sólos o envenenados.


Por último, y no menos odiosos que los anteriores, están las personas que yo llamo "esponja garrapatera". Esta sub-especie humana se dedica a absorber todo lo que encuentra a su alrededor, ya sea comida, ropa, detergentes, champús... Su saciedad no tiene límites, y cuando le han chupado la sangre lo suficiente a su víctima eligen a otra y vuelve a comenzar el proceso. Se refugían en una falsa personalidad aparentemente bonachona pero que tan sólo es una fachada para que la víctima cuidadosamente elegida por él baje la guardia y poder clavarle el colmillo.

Estas son las tres clases de esponja que yo veo que existen. Por favor, si tienen más sugerencias de otras especies que existan en la jungla urbana no duden en comentarlas aquí abajo.